El fado, la música más representativa de Portugal, tiene en Lisboa su principal reino. En múltiples locales se canta en vivo, no hay festival que no tenga su muestra y los más reconocidos artistas del país dominan este arte. Mantener los oídos abiertos porque cualquier noche puede ser la ideal para sorprenderse con los registros de este canto.
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El fado ya ha pasado por tantos momentos diferentes, algunos de éxito y otros de condena, que podemos estar seguros de que permanecerá ahí una vez nosotros ya no lo hagamos. Odiado o amado, según las modas, nunca dejará de ser uno de los elementos más importantes de la cultura portuguesa.
Por su similitud con las barcarolas, hay quienes ven en el fado el mundo del mar y la inevitable nostalgia, compañera de viaje de los marineros lejos de su tierra. Otros, sin embargo, lo que perciben, es una marcada influencia del blues, donde se funden musicalidad y la máxima sensibilidad para buscarle el sentido a la vida.
Los grandes maestros
El fado tradicional, alcanza sus mayores cimas con los grandes maestros. Nombres como los de Amalia Rodrigues, Carlos do Carmo, Cidália Moreira o María da Fé, dotaron de una vitalidad y profundidad a este arte que su legado permanece tan vivo como en sus días.
De todos modos, el fado tampoco es ajeno a la evolución y, con el paso del tiempo, ha ido en busca de nuevas vías, pero sin dejar de lado ese gusto por la melancolía presente desde sus orígenes. En nuestros días, modernizado por una nueva generación de artistas surgida en la década de los 90, el fado se ha vuelto algo más ligero y se ha adaptado a muchos más instrumentos de acompañamiento.
Nuevos nombres, mismo sentimiento
La principal exponente de este nuevo aspecto del fado es la cantante Misia, conocida en toda Europa, que ha tenido la virtud de ir introduciendo en sus canciones textos de escritores consagrados como José Saramago, Lobo Antunes y Lidia Jorge. Otros artistas conocidos que siguen esta línea son Mafalda Arnauth, Ana María Bonone, Hélder Moutinho, Ana Sofía Varela o Cristina Branco.
Los locales donde se canta el fado requieren, por lo general, de una cierta intimidad, para que el fadista conecte con el público. Un marcado silencio, luces tenues, vino dulce y complicidad para celebrar ese canto en compañía.
En Lisboa, los locales donde más abunda este tipo de espectáculos son los de Barrio Alto y Alfama. Tan solo hay que sentarse en un cómodo rincón, saborear el licor de nuestro vaso y, mientras cae por la garganta despertando nuestros sentidos, acariciar la mano de nuestra compañía del mismo modo que esa música lo hace con nuestros oídos. Es sólo en ese momento cuando podremos decir si nos gusta o no el fado.
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